viernes, 20 de diciembre de 2013

CALDO

                                

 LA TRIBU             A.G. BARBEITO            20-XII-13                                


                        Si en la tribu hay un olor que va de la mano del sabor por los días de diciembre, es el llamado hojaldre, aunque sea lo menos parecido a un dulce de hojas. Es el olor que duerme despierto en los cajones y que acompaña, con tanta humildad como categoría, cualquier copa de licor de la Navidad. O solo. O con café. Está ahí, en la primera vez de la memoria de la repostería, cuasi como un Nacimiento de harina, manteca, azúcar anís… Pero si la Nochebuena de aquella memoria de la tribu, de mi memoria, ha de quedarse con algo en las manos, algo a orillas del paladar, esa noche no hay nada que le haga sombra al plato rey que humea desde entonces, como un amago de géiser, en la meseta de la mesa de la cena de Nochebuena: un buen caldo.

                        Las mujeres de la tribu buscaban pechugas de buenas gallinas, y también un muslo de pavo, una buena carne de ternera, un buen tocino, los avíos propios, y cuando los platos parecían mellizos lagos termales, nada podía competir con aquella gloria que se ponía una ramita de yerbabuena en el ojal líquido y se le picaban sopas y un huevo duro. Para la cena de Nochebuena, lo que quieran: frutas tropicales, frutos secos, vinos extraordinarios, un plato del mejor jamón, la mejor caña de lomo, el mejor marisco, la mejor carne, el mejor pescado, las ensaladas más espectaculares, los entremeses menos esperados… Cuando a la mesa llega un plato de caldo, llega un plato de caldo, y si es un puchero con todos sus avíos, ahí no hay quien gane el pulso. La Navidad, que irremediablemente es una memoria de ausencias, que se nos llena de ausentes, que nos entristece con nombres, voces, afectos, risas de ausentes, también en la mesa tiene su manera de recordarnos el tiempo que es. Nunca me amargaría una cena de Nochebuena que no tuviera jamón, marisco, un buen vino, los excesos propios; pero me la haría enormemente pobre, triste y huérfana de sabores una mesa en la que un plato de caldo de puchero -hoja de yerbabuena, huevo duro picado- no estuviera esperando a que mi impaciencia, a muerdisorbe, se llevara a la boca la cuchara como una pequeña y entrañable armónica líquida, sabrosísima, para que el caldo, como un río del recuerdo, me llevara a la lejana mesa donde estábamos los que éramos: mis padres, mis hermanos y yo, mucho antes de que de la calle fueran entrando los naturales vientos que desperdigan las familias. Un caldo. Un puchero, un hermoso puchero. El mismo puchero que asustaba al hambre y al frío y nos abrazaba por dentro. El mismo puchero que, aunque lo tomemos triste, sigue dejándonos el sabor más hermoso. De todo.

   A. García Barbeito

sábado, 7 de diciembre de 2013

Campanilleros

7 de diciembre de 2013 

LA TRIBU                                                ANTONIO GARCÍA BARBEITO

                       No jugabais a ser figuras de aquel Nacimiento viviente que era entonces la tribu, es que os sentíais pequeños pastores que iban de puerta en puerta, por varias calles, cantando coplas que se habían quedado colgadas de las ramas del aire heredado de diciembre. No, no era un juego, era un sentimiento, era saber que había que ser alguien en aquel paisaje donde no faltaba nada para ser un Nacimiento, el más hermoso, el mayor, el de más recursos naturales, y sobre todo, el más tuyo. Había molinos en el río, y mujeres que iban a lavar a las orillas. Había leñadores que volvían casi de noche de los pinares y parecía que acababan de incorporarse al paisaje del Nacimiento. Y había por las calles, de día, vendedores callejeros; y en los cuartos de costura, muchas costureras que cosían o trenzaban puntos de lana junto a los gatos de colores de las madejas; y había posada; y había, en la plaza, un hombre que asaba castañas y por la mañana freía masa de calentitos; y había hombres que volvían del campo con el carro o con las bestias, y en la tierra,el arado entraba como una mano de hierro seguro.
                       
Pero nada como aquellos chiquillos campanilleros. Sí, es verdad, algún carretero quizá os trajera una rama de madroño con madroños rojos y pintones; y olía la resina de la piña en algunos zaguanes; y olía a hornos en las calles; y cuasi se oía el paso del río; y había corrales con ropa tendida en los cordeles; y había cajas de madera con frutas y verduras en los zaguanes de los hortelanos;y pasaba el recovero con aquel escándalo de plumas enjauladas… Pero nada como los chiquillos campanilleros. Se sentían, en verdad, personajes reales de aquello que había ocurrido en Belén hacía cientos y cientos de años pero que–eso creían a pies juntillas- volvía a ocurrir, todos los años, en aquel sitio,en aquella tribu que todavía tenía murallas, y alminar, y palmeras, y tardes y noches hermosas, y caminos de chumberas y pitas, y casitas blancas, y chozas, y ese trajín de lo sencillo. Pero aquellos chiquillos eran el milagro, moqueando,de tanto frío, muertecitos de frío, heladas las manos, helados los pies, helada la carilla todavía sucia del último juego, frío el pelo, frías incluso las canciones de campanilleros, unas canciones que se llenaban de peces, de ríos,de ángeles, de pastores, de noche fría, de mulas, de una Virgen y un Niño… Tú sabes que era la verdad más grande que se acercaba a la Nochebuena. Ni lujos,ni comidas caras, ni ropa nueva, ni papel de brillo, ni luces… Aquellos chiquillos campanilleros eran la más clara y hermosa –y sonora- Estrella de Oriente…

sábado, 30 de noviembre de 2013

Indecisión

29 de noviembre de 2013 
LA TRIBU                                 ANTONIO G. BARBEITO                                  

                        Decías que, cuando el tiempo estaba de agua, del humo de una candela de ramón caía un chaparrón. Y cuando no está, no está. La yerba crece con miedo de morir helada en su primer paseo adolescente, y las nubes, cuando pasan, aunque lleven dentro un sonido de agua –cascabel de cristal en el cuello del aire-, no saben qué hacer, si copiar cien veces la palabra lluvia en el folio de la tierra o pasar de largo. O, como tú decías, Cangui, “sonar sobre el tablero de la tierra como los pasos de una torpe aprendiz de danza.” Así andaba el otro día, cuando la vi venir, cuasi sin venir a cuento, sonsacando a un sol que sesteaba en la falda de la sierra.

                        Ayer, cuando la tarde tenía frías las manos y la dama de noche temía que el frío le helara el olor que enloquece los arriates y las tapias por las que asoma, la lluvia estaba escrita en el aire, en el color de las nubes, en el viento que venía de la panza de los osos polares. Pero la lluvia, a la hora en que escribo esto, es una indecisión de escolar que pone empeño en escribir su nombre y no distingue entre mayúsculas y minúsculas, no domina la regla de la be y de la uve, no se atreve a colocar la hache ahí, porque no sabe si será delante, detrás o entre dos vocales… La lluvia que no ha hecho un campamento otoñal por septiembre y octubre, llega a noviembre y difícilmente sabe llegar: o llama sin fuerzas en el aldabón o pega la patada en la puerta y lo trastorna todo. El “cierne-cierne” que decía él, cuando la lluvia llegaba tras pasar los coladores. Como si hubiera pasado por el molino donde dejaba hechos harina los granos, como si la lluvia hubiese caído, en un descuido, a la tolva de las negras aceitunas que sacrificaban las piedras de la almazara… “Esta lluvia no sabe andar”, le oíste una vez a un pastor. Hay lluvias torpes, es cierto; hay lluvias que tardan mucho en aprender la canción de la lluvia, hay lluvias que mueren sin haber sido lluvia como Dios manda, como hay soles sietemesinos que llegan a la noche y no aprenden a calentar el día. Cuando está de llover, el humo de una candela descarga para encharcar la tierra, y cuando no lo está, aunque Dios escriba con rayos, no llueve. La lluvia ahora mataría el frío que se da a la siega en las bocacalles. Pero la lluvia, esta lluvia que amaga, no sabe andar, torpe aprendiz del baile del agua. La lluvia que sabe, que está segura, sale descalza y taconea, mueve sus brazos líquidos como un árbol vivo, como un arrebato de llamas que se disputaran un reino de formas. Pero esta torpe lluvia, torpe incluso para ser aprendiz de rocío…

A. García Barbeito

jueves, 28 de noviembre de 2013

Pueblos

28 de noviembre de 2013 a la(s) 9:47
LA TRIBU                                                 ANTONIO GARCIA BARBEITO

                        Por lo común, hay que ir a buscarlos a la sierra, como si fueran el refugio de un bandolero. Hay que anotar su nombre, porque habrá que preguntar por ellos en cualquier venta, en cualquier casa de campo aislada, a cualquier pastor que vaya por el camino. Hay que anotar su nombre, como si buscáramos, por su nombre botánico, una seta rara o un árbol escaso. Y una vez que anotamos esos nombres, si queremos decirlos, tenemos que volver a leerlos, porque nos cuesta trabajo hacernos a esos sonidos que nunca fueron nuestros en la letanía rural de las comarcas: Igualeja, Pujerra, Cartajima, Parauta…

                        Va yéndose noviembre por los hombros de la sierra donde los azules se hacen grises, o al contrario, que nunca se sabe, en ese capricho de la luz, dónde está lo cierto. Tiene la tierra un sonido de agua escondida que canta en el aire que sube y baja por todo este paisaje de lomos de dromedarios echados. Se le oye a la tierra el pulso al andarla, y es pulso de manantial y de historia. Y de leyenda, que aquí la leyenda cuadra más, por más ciertas que algunas historias sean. Yo no sé si por aquí –cerca de Pujerra- nació Wamba y aquí vinieron a ungirlo como rey. No lo sé, pero qué hermoso es pensarlo, mientras vemos el enorme y quieto oleaje del cobre del castañar. Yo no sé qué es, en verdad, cierto en todos estos sitios, pero cabe una leyenda en la gruta que en Igualeja le abre las puertas al Genal y empieza a enseñarlo a andar como río. Qué hermosura de transparentes aguas –qué cuadro siempre pintándose- que suenan como una historia que nunca dejara de contarse, que se interrumpiera solamente con un contralto de borbotones en el Nacimiento, cuando el temporal llena el vientre de la sierra y el agua no cabe y revientan los veneros, o así lo creen. Castañas, nueces, almendras, pan, agua, aceite… Tienen estos pueblos una despensa en el alma, una despensa que se vuelca, generosa, ofrecida a quienes llegan a vivirlos, a verlos, a admirarlos. Qué paisaje de cobrizas ondulaciones que juega con el sol a un extraño coqueteo de hojas y luces, allí donde el castañar es una diosa vestida con un manto bellamente oxidado… Pueblos de la Serranía de Ronda, silencio y campo, serenas horas de relojes sin manillas por los que el tiempo anda con una indiferencia tal que, si no fuera por las luces, no distinguiría la siesta de la madrugada… Pueblos que alguien empezó a amontonar allí como una nevada y los dejó para que fueran haciéndose carne de la sierra con sangre de hombres. Y de agua. Y de pan. Y de castañas. Hermosos borbotones de vida que hay que ir a buscar sierra adentro…

( Fotografía del autor, A.G.B. Álora. Serranía de Ronda  )


  A. García Barbeito

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Bolsos y globos

27 de noviembre de 2013 

LA TRIBU                                                      ANTONIO GARCIA BARBEITO

                       Como en algunas celebraciones, al final todo se queda en pólvora, en banderitas, en carteles. Un Día de Andalucía, en los primeros años de su celebración, un paisano decía, mientras iba por la cuarta cerveza y había apurado el segundo plato de gambas y el primero de caldereta, “Oye, ¿sabes tú que yo no me creía lo bien que iba a estar esto de Andalucía?” Y se había colocado su banderita andaluza, con lo que él era para esas cosas, y se hubiera puesto lo que le hubiesen dado, porque era feliz celebrando el Día de Andalucía de aquella manera tan cervecera, tan gambera y, sobre todo, tan barata: llevaba dos horas bebiendo y comiendo, escuchando una y otra vez el himno andaluz y, de cuando en cuando, el cante de alguien que subía al escenario, y encima no se debía nada en el mostrador del mediodía del 28 de Febrero. Seguro que aquel paisano, cuando llegó a su casa, le contaría a su familia que eso de la Autonomía era un buen invento, que eso de la Autonomía traía cuenta, porque se trataba de muchas banderitas, un día muy festivo, donde corría la cerveza y volaban los platos de comida, había cante y, aunque apenas si lo oyó, el discurso de dos o tres que él no tenía muy claro quiénes eran. Lo único que él sabía era que la Autonomía era muy partidaria de darle a todo el mundo cerveza y tapas gratis, y de regalarle muchas cosas, que llena llevaba la bolsa que le dieron: una gorra con los colores verde, blanco y verde, como los dos o tres bolígrafos, y un par de libretas, y cuatro o cinco pegatinas, y dos o tres llaveros, y…

                        Eso mismo que el paisano creía del 28-F es, más o menos, lo que algunos creen que es un sindicato: una máquina de regalar propaganda, bolsos, llaveros, gorras,banderas, globos o pitos. Y lo malo no es que lo crean quienes son ajenos al movimiento sindical, lo malo es que eso es lo que creen muchos de los que están dentro: que el sindicato existe para darles gusto a ellos. Setecientos maletines –fabricados en Asia, por encargo del sindicato ugetista, porque ya saben que los asiáticos son los que más respetan los derechos de los trabajadores, ¿o no es así y yo estoy equivocado?- para un congreso en Sevilla,y en Madrid, la “globalización”: miles de euros en globos. Visto lo visto y oído lo oído, uno puede entender lo del maletín, pero lo de los globos… ¿esas son las armas sindicales para defender a los trabajadores, tres mil globos a noventa y dos céntimos el globo? ¡Coño, más barato salen los aerostáticos de González Green! Era para juntar en la misma fiesta al paisano del 28-F y a los del congreso sindical.

martes, 23 de abril de 2013

¿Para cuando un río lleno de turistas?



 

    Río                             AGBarbeito               23 abril 2013               La TRIBU



                         Un romántico y nostálgico ataque de Cruz de Mayo llevó a algunas personas a recuperarlas, cuando la feria ya mandaba con su escuadrón de casetas y la gente estaba hecha al ruido de los altavoces de los coches locos, el látigo y no sé cuántos cacharros más, ese horror que se adosa a las ferias locales y que, recién llegado a la incipiente feria, allá por los principios de los setenta, ocasionó que alguien, en algo parecido a una crónica ferial, escribiera:“Atracciones. Coches locos, aunque menos locos que los vecinos que tienen que aguantar la gramola.” La idea de recuperar las Cruces de Mayo fue tan hermosa como fuera de lugar, y si bien la novelería llevó a muchos vecinos al lugar, al año siguiente nadie dio un duro por mantener la recuperación crucera de mayo. A veces nos empeñamos en volver a viejas costumbres, a edificaciones como las de hace dos siglos, en darle a nuestro entorno un aire decadente, quizá porque nuestra memoria se duele y tiende a sublimar el ayer, sin tener en cuenta a cuánto tendría que renunciar hoy, si volviéramos a los viejos tiempos. Esos retratos quedan bien –si se hacen bien- en las artes, pero por muy bonito que quede un búcaro sobre un plato en la esquina del mostrador de un bar, díganme quién lo cambia por un vaso de agua helada del grifo mellizo del de la cerveza. Y, además, quién se atrevería hoy a beber de un búcaro del que beben todos. Y como el búcaro, tantas otras cosas. Si tuviésemos que viajar hoy en los autobuses de línea de hace escasamente treinta años, sin aire acondicionado, íbamos andando a todas partes; y por muy románticos que nos parezcan en las fotos los corrales de vecinos, dígale usted a cualquiera que hubiese vivido en ellos si estaría dispuesto a volver allí y cambiar su piso con cuarto de baño,agua corriente y electrodomésticos, por un retrete comunitario, un pozo comunitario y luz cuando Dios quería, majando a pulso el gazpacho y enfriando el vino en el cubo del pozo.

                        Veo en unas fotografías del ABC dos cruceros atracados en el Muelle de las Delicias, y me acuerdo de los versos de Lope. Las velas blancas del río coronillas verdes son hoy un muelle de hormigón y un bicharraco que mide veintitrés metros de manga y ciento ochenta de largo, y dentro lleva una barriada: trescientos setenta pasajeros y doscientos sesenta y cinco tripulantes. No pondríamos en nuestro salón un cuadro con esos cruceros, y pondríamos uno romántico con las velas blancas y las orillas verdes. Pero el río, que, con permiso de Heráclito, es el mismo, sigue pareciendo bien, hoy como ayer.


lunes, 22 de abril de 2013

Tristeza y vergüenza

Ni muertos      AGBarbeito     22 abril 2013   LA TRIBU


                        Tú no lo podrás entender, nunca, como no lo entiende nadie que tenga la mínima noción de respeto, de sensibilidad, de caridad. Tú no lo puedes entender,porque si, como escribe Antonio Machado, “un golpe de ataúd en tierra / es algo perfectamente serio”, el paso de un entierro, camino de la iglesia o del cementerio, es para ti más serio que la muerte misma, porque heredaste de la gente de tu tribu el respeto que imponía una comitiva fúnebre. Ni una palabra,ni un movimiento que pudiera producir ruido. Pasaba el entierro, con cincuenta personas o con medio pueblo siguiéndolo, y se paraba todo a su paso; el campesino que iba a lo suyo, a lomos de su burra, se destocaba y aun se santiguaba; la mujer que estaba a la puerta de su casa se quitaba de la vista,aunque mirara el paso del gentío tras los visillos de alguna ventana; los niños que jugaban, dejaban de jugar y ninguno decía ni media palabra; a la puerta delos casinos, los hombres, si estaban sentados, se levantaban y, respetuosos, se quitaban el sombrero o se unían a los acompañantes. Hasta los animales, al ver tanto silencio, parecían guardar respeto. Por eso, tú nunca entenderás que ante la muerte de alguien haya personas capaces de perder la compostura, soltar risas, gritar, incluso, como has leído, estorbar el paso de un cadáver que viene dentro de un ataúd en brazos de los suyos, para llevarlo al coche fúnebre.

                        Lo leíste aquí ayer, en una información de Amalia F. Lérida, y te costó creerlo.Lo leíste hasta cuatro veces, porque no entendías, no puedes entender, que haya jóvenes tan golfos, tan desalmados, tan irrespetuosos, tan canallas, como para impedir el paso de unas personas que llevan el cadáver de su padre. Estaban de botellona, pero me da igual. Tú recuerdas que hasta los borrachos, si coincidía su borrachera con un entierro, sabían comportarse. Lo que no puedes entender es que entre una multitud bebida haya tipejos de tan mala calaña como para estorbar el paso de una comitiva fúnebre. Y cuando avisan a la Policía, ésta llega y permite el paso, pero ahí queda todo, porque, todo hay que decirlo, lo políticamente correcto impide otras actuaciones que resolverían de raíz el problema. ¿Qué puede tener dentro un insensato que se mofa de un entierro y aun se lía a patadas con el coche fúnebre que transporta un ataúd con un cadáver? ¿Qué sociedad de libertades es ésta, que permite que los vándalos campen por sus desmanes, incluso rebosantes de chulería, si alguien les llama la atención?Una pobre sociedad que permite que haya gente que no nos deja en paz ni muertos. Qué triste.

    A. García Barbeito