Campanilleros
7 de diciembre de 2013
LA TRIBU ANTONIO GARCÍA BARBEITO
No jugabais a ser figuras de aquel Nacimiento viviente que era entonces la tribu, es que os sentíais pequeños pastores que iban de puerta en puerta, por varias calles, cantando coplas que se habían quedado colgadas de las ramas del aire heredado de diciembre. No, no era un juego, era un sentimiento, era saber que había que ser alguien en aquel paisaje donde no faltaba nada para ser un Nacimiento, el más hermoso, el mayor, el de más recursos naturales, y sobre todo, el más tuyo. Había molinos en el río, y mujeres que iban a lavar a las orillas. Había leñadores que volvían casi de noche de los pinares y parecía que acababan de incorporarse al paisaje del Nacimiento. Y había por las calles, de día, vendedores callejeros; y en los cuartos de costura, muchas costureras que cosían o trenzaban puntos de lana junto a los gatos de colores de las madejas; y había posada; y había, en la plaza, un hombre que asaba castañas y por la mañana freía masa de calentitos; y había hombres que volvían del campo con el carro o con las bestias, y en la tierra,el arado entraba como una mano de hierro seguro.
Pero nada como aquellos chiquillos campanilleros. Sí, es verdad, algún carretero quizá os trajera una rama de madroño con madroños rojos y pintones; y olía la resina de la piña en algunos zaguanes; y olía a hornos en las calles; y cuasi se oía el paso del río; y había corrales con ropa tendida en los cordeles; y había cajas de madera con frutas y verduras en los zaguanes de los hortelanos;y pasaba el recovero con aquel escándalo de plumas enjauladas… Pero nada como los chiquillos campanilleros. Se sentían, en verdad, personajes reales de aquello que había ocurrido en Belén hacía cientos y cientos de años pero que–eso creían a pies juntillas- volvía a ocurrir, todos los años, en aquel sitio,en aquella tribu que todavía tenía murallas, y alminar, y palmeras, y tardes y noches hermosas, y caminos de chumberas y pitas, y casitas blancas, y chozas, y ese trajín de lo sencillo. Pero aquellos chiquillos eran el milagro, moqueando,de tanto frío, muertecitos de frío, heladas las manos, helados los pies, helada la carilla todavía sucia del último juego, frío el pelo, frías incluso las canciones de campanilleros, unas canciones que se llenaban de peces, de ríos,de ángeles, de pastores, de noche fría, de mulas, de una Virgen y un Niño… Tú sabes que era la verdad más grande que se acercaba a la Nochebuena. Ni lujos,ni comidas caras, ni ropa nueva, ni papel de brillo, ni luces… Aquellos chiquillos campanilleros eran la más clara y hermosa –y sonora- Estrella de Oriente…
No fue mejor aquel tiempo pasado. Solo que lo contemplábamos con los ojos limpios de la infancia y la escasez. Tal vez hoy haya también chiquillos campanilleros pero que no pasan frío, porque en un baratillo pueden abrigarse por dos pesetas.
ResponderEliminarPero la Navidad se la muestran como tras unos cristales de aumento y engañosos, en el que relumbran brillos falsos y los empujan a pedir, no un puñado de nueces o un polvorón, sino maquinitas que serán luego como lombrices en el cerebro.