martes, 31 de diciembre de 2013


Campanadas de agua

31 de diciembre de 2013 
LA TRIBU                                                   A. García Barbeito

                        Ojalá sonaran con su hermoso sonido, con el son único del cristalino bronce de su costumbre. Ojalá la noche fuera eso, un campanario de lluvias que repicara gloria allá arriba y fuera traduciéndose en esplendor aquí abajo. Ojalá el traje más hermoso de la noche fuera el brillante vestido de la lluvia, el manto del agua, las transparencias de un temporal que se empeñara en no salir de nosotros, o en no dejarnos salir de él, hasta que un sol harto de agua y cansado de esperar turno de luz rompiera los barrotes de la jaula, y eso lo hiciera para poner en pie a las criaturas verdes que duermen bajo tierra, las semillas cansadas, desesperadas, que sueñan la maternidad de la tierra y la paternidad de la lluvia para nacer y nacer bien, sanas, con ganas de retar soles y vientos.

                        Campanadas de lluvia espera el campo, ese campo que anda como madre de familia numerosísima, sin saber cómo darle la teta a tantos hijos como necesitan mamarle, que el campo es eso ahora, una desesperación de hijos hambrientos que esperan turno de lactancia abrazados a los resecos pechos del día. Campanadas de chaparrones. No habría entonces torre más celebrada, reloj más próspero, noche más hermosa, principio de almanaque con mejores principios… El agua, Señor, el agua; la lluvia. Empújala desde allí, desde donde se resiste a echar el trote para acercarse a nosotros. Arréala, restállale los látigos del viento y que eche el trote como animal que no quiere tomar la querencia. El agua, la lluvia, ese zamarreo del viento, esa sensación de que no escampará nunca, esa mano que va sembrando charcos, inundando vegas, olivares, incluso cerros. La lluvia, que venga. Para esta noche de fiesta, no quiero más serpentinas que las frías y lisas serpentinas de la lluvia, ese tenso cordaje del aguacero, fría gasa que envuelve el aire. Mirad el campo, ¿no da pena mirarlo, tan seco en invierno? Todo es, sí, porque casi todo es siempre en el campo, pero ¿cómo es? No se atreve la yerba, no se atreve la rama, no se atreven las raíces. Hay una cobardía general en las criaturas verdes, y con razón. El campo se crece con las lluvias, se viste de guerrero con las lluvias, con la armadura de las lluvias. Y con la sequía se debilita, se acobarda, se retira despacio, perdida la batalla de poderles a los soles duros que vendrán. Campanadas de agua, Señor, que suenen campanadas de lluvia. No doce, no unos segundos: que suene largo y lento ese sonido. Reloj de la noche, que se ahoguen las horas, las uvas, los papelillos, los disfraces, el cava... Que llueva, que suene la lluvia…

A.G.B

domingo, 29 de diciembre de 2013

Hasta ahora

Hasta ahora esta era la Tribu de antaño, donde me apetecía traer los artículos de Barbeito que me parecían de gusto de la mayoría de nosotros.

El de hoy, domingo en que se venden más Abecés, Antonio al que muchos seguimos apreciando a pesar de la fea manera con que nos dio portazo, protesta por las neonocheviejas --y perdónenme el palabro-- en que todo consiste en beber hasta la pota, hacer el indio con menos plumas que un pollo de supermercado y el ridículo insensato de los gorritos y los matasuegras.

Nos lo llevan diciendo las teles. Si no bebes champán, si no te atragantas con las uvas y no cumples rituales cada vez más rebuscados, no eres nadie. No estás en la pomada. Eres un bicho.

Como en mi casa prácticamente no celebro estas fiestas, me limito, nops limitamos, si estamos aún levantados a ponernos en una copa algo de sidra espumosa, darnos doce o más besos seguidos y luego unos sorbos deseándonos que el mundo, nuestro pequeño mundo, no vaya a peor en el año que entra.

Eso no quiere decir que olvidemos a la gente que queremos. Nos limitamos a expresar deseos, sin teléfonos, sin más medios que elevar al éter lo que pensamos. O sea, que cada año domine en nuestras casas, en nuestras familias y en nosotros mismos la serenidad y la aceptación.  

sábado, 21 de diciembre de 2013

La edad                                            21 de diciembre de 2013 a la(s) 9:18

                          LA TRIBU                                                   ANTONIO G. BARBEITO                  
                   
    Eran los viejos, sí. O eso decíamos. La canción de Jarcha lo decía así: “Dicen los viejos que en este país hubo una guerra, / y hay dos Españas que guardan aún / el rencor de viejas deudas…” Los viejos, siempre los viejos. Los jóvenes no queríamos desayunar democracia y tener que pagar la cena y la mala digestión de la guerra que algunos no terminaban de hacer en el estómago de su madurez. Los viejos, decíamos. Es verdad que había hombres que mostraban las heridas de la guerra –y no sólo heridas en sus carnes, también en el cuerpo de la humillación- como un vergonzoso tatuaje grabado a tinta de odio por el enemigo que de pronto les amaneció un día. Los viejos, eso decían. Y nosotros, los jóvenes que apurábamos la década de los veinte, no queríamos saber nada de viejas cuentas pendientes, sino que queríamos una plural convivencia, una España grande donde cupieran todas las ideas, siempre que las ideas vinieran desarmadas, no tuviesen querencia de armeros ni estuvieran dispuestas solamente a vivir una nueva edición del ayer. Los viejos, decían. Sí, era cierto, en muchos casos. Conocíamos a algunos viejos izquierdistas que tenían un fósforo en cada yema de sus dedos, dispuestos a quemar iglesias y santos, dispuestos a segar con hoces ya mohosas todo lo que significara sotana, corona, crucifijo, título, riqueza… Y conocíamos a viejos fascistas que cada vez que veían a un chaval con barbas o con ideas amplias, nobles o inteligentes, pensaban en paredones o en nocturnos paseos en camiones, seguros de que todo el mal de España estaba en la idea de libertad, cultura, convivencia de ideas…

                        Los viejos, sí. Eso pensábamos entonces. Y decíamos que aquello era un asunto generacional, que en cuanto murieran todos los que habían vivido la guerra o la posguerra los hubiera golpeado con su peor mano, España sería un país abierto, generoso, fraternal. No, no es así. Nos equivocamos. Como quien quema un cañaveral y ve salir, semanas más tarde, puntas de nuevas cañas, así hemos visto cómo salían -¿de qué enterrados rizomas?- nuevos extremistas de un lado y de otro. Pero no extremistas viejos, sino jóvenes de los que nunca pudimos pensar que acabarían así. Me asquean, sean del extremo que sean; me asquean si quieren resucitar a viejos dictadores para nuevos golpes de Estado, como si quieren resucitar incendiarios que acaben, como sea, con todo lo que les huela a derecha. Treinta años dicen que tiene el concejal de IU de Alcalá de Guadaira que ha dicho lo que ha dicho. Ahora que me digan que eso de ser un peligro extremo es cosa de los viejos…

A. García Barbeito

viernes, 20 de diciembre de 2013

CALDO

                                

 LA TRIBU             A.G. BARBEITO            20-XII-13                                


                        Si en la tribu hay un olor que va de la mano del sabor por los días de diciembre, es el llamado hojaldre, aunque sea lo menos parecido a un dulce de hojas. Es el olor que duerme despierto en los cajones y que acompaña, con tanta humildad como categoría, cualquier copa de licor de la Navidad. O solo. O con café. Está ahí, en la primera vez de la memoria de la repostería, cuasi como un Nacimiento de harina, manteca, azúcar anís… Pero si la Nochebuena de aquella memoria de la tribu, de mi memoria, ha de quedarse con algo en las manos, algo a orillas del paladar, esa noche no hay nada que le haga sombra al plato rey que humea desde entonces, como un amago de géiser, en la meseta de la mesa de la cena de Nochebuena: un buen caldo.

                        Las mujeres de la tribu buscaban pechugas de buenas gallinas, y también un muslo de pavo, una buena carne de ternera, un buen tocino, los avíos propios, y cuando los platos parecían mellizos lagos termales, nada podía competir con aquella gloria que se ponía una ramita de yerbabuena en el ojal líquido y se le picaban sopas y un huevo duro. Para la cena de Nochebuena, lo que quieran: frutas tropicales, frutos secos, vinos extraordinarios, un plato del mejor jamón, la mejor caña de lomo, el mejor marisco, la mejor carne, el mejor pescado, las ensaladas más espectaculares, los entremeses menos esperados… Cuando a la mesa llega un plato de caldo, llega un plato de caldo, y si es un puchero con todos sus avíos, ahí no hay quien gane el pulso. La Navidad, que irremediablemente es una memoria de ausencias, que se nos llena de ausentes, que nos entristece con nombres, voces, afectos, risas de ausentes, también en la mesa tiene su manera de recordarnos el tiempo que es. Nunca me amargaría una cena de Nochebuena que no tuviera jamón, marisco, un buen vino, los excesos propios; pero me la haría enormemente pobre, triste y huérfana de sabores una mesa en la que un plato de caldo de puchero -hoja de yerbabuena, huevo duro picado- no estuviera esperando a que mi impaciencia, a muerdisorbe, se llevara a la boca la cuchara como una pequeña y entrañable armónica líquida, sabrosísima, para que el caldo, como un río del recuerdo, me llevara a la lejana mesa donde estábamos los que éramos: mis padres, mis hermanos y yo, mucho antes de que de la calle fueran entrando los naturales vientos que desperdigan las familias. Un caldo. Un puchero, un hermoso puchero. El mismo puchero que asustaba al hambre y al frío y nos abrazaba por dentro. El mismo puchero que, aunque lo tomemos triste, sigue dejándonos el sabor más hermoso. De todo.

   A. García Barbeito

sábado, 7 de diciembre de 2013

Campanilleros

7 de diciembre de 2013 

LA TRIBU                                                ANTONIO GARCÍA BARBEITO

                       No jugabais a ser figuras de aquel Nacimiento viviente que era entonces la tribu, es que os sentíais pequeños pastores que iban de puerta en puerta, por varias calles, cantando coplas que se habían quedado colgadas de las ramas del aire heredado de diciembre. No, no era un juego, era un sentimiento, era saber que había que ser alguien en aquel paisaje donde no faltaba nada para ser un Nacimiento, el más hermoso, el mayor, el de más recursos naturales, y sobre todo, el más tuyo. Había molinos en el río, y mujeres que iban a lavar a las orillas. Había leñadores que volvían casi de noche de los pinares y parecía que acababan de incorporarse al paisaje del Nacimiento. Y había por las calles, de día, vendedores callejeros; y en los cuartos de costura, muchas costureras que cosían o trenzaban puntos de lana junto a los gatos de colores de las madejas; y había posada; y había, en la plaza, un hombre que asaba castañas y por la mañana freía masa de calentitos; y había hombres que volvían del campo con el carro o con las bestias, y en la tierra,el arado entraba como una mano de hierro seguro.
                       
Pero nada como aquellos chiquillos campanilleros. Sí, es verdad, algún carretero quizá os trajera una rama de madroño con madroños rojos y pintones; y olía la resina de la piña en algunos zaguanes; y olía a hornos en las calles; y cuasi se oía el paso del río; y había corrales con ropa tendida en los cordeles; y había cajas de madera con frutas y verduras en los zaguanes de los hortelanos;y pasaba el recovero con aquel escándalo de plumas enjauladas… Pero nada como los chiquillos campanilleros. Se sentían, en verdad, personajes reales de aquello que había ocurrido en Belén hacía cientos y cientos de años pero que–eso creían a pies juntillas- volvía a ocurrir, todos los años, en aquel sitio,en aquella tribu que todavía tenía murallas, y alminar, y palmeras, y tardes y noches hermosas, y caminos de chumberas y pitas, y casitas blancas, y chozas, y ese trajín de lo sencillo. Pero aquellos chiquillos eran el milagro, moqueando,de tanto frío, muertecitos de frío, heladas las manos, helados los pies, helada la carilla todavía sucia del último juego, frío el pelo, frías incluso las canciones de campanilleros, unas canciones que se llenaban de peces, de ríos,de ángeles, de pastores, de noche fría, de mulas, de una Virgen y un Niño… Tú sabes que era la verdad más grande que se acercaba a la Nochebuena. Ni lujos,ni comidas caras, ni ropa nueva, ni papel de brillo, ni luces… Aquellos chiquillos campanilleros eran la más clara y hermosa –y sonora- Estrella de Oriente…