martes, 31 de diciembre de 2013


Campanadas de agua

31 de diciembre de 2013 
LA TRIBU                                                   A. García Barbeito

                        Ojalá sonaran con su hermoso sonido, con el son único del cristalino bronce de su costumbre. Ojalá la noche fuera eso, un campanario de lluvias que repicara gloria allá arriba y fuera traduciéndose en esplendor aquí abajo. Ojalá el traje más hermoso de la noche fuera el brillante vestido de la lluvia, el manto del agua, las transparencias de un temporal que se empeñara en no salir de nosotros, o en no dejarnos salir de él, hasta que un sol harto de agua y cansado de esperar turno de luz rompiera los barrotes de la jaula, y eso lo hiciera para poner en pie a las criaturas verdes que duermen bajo tierra, las semillas cansadas, desesperadas, que sueñan la maternidad de la tierra y la paternidad de la lluvia para nacer y nacer bien, sanas, con ganas de retar soles y vientos.

                        Campanadas de lluvia espera el campo, ese campo que anda como madre de familia numerosísima, sin saber cómo darle la teta a tantos hijos como necesitan mamarle, que el campo es eso ahora, una desesperación de hijos hambrientos que esperan turno de lactancia abrazados a los resecos pechos del día. Campanadas de chaparrones. No habría entonces torre más celebrada, reloj más próspero, noche más hermosa, principio de almanaque con mejores principios… El agua, Señor, el agua; la lluvia. Empújala desde allí, desde donde se resiste a echar el trote para acercarse a nosotros. Arréala, restállale los látigos del viento y que eche el trote como animal que no quiere tomar la querencia. El agua, la lluvia, ese zamarreo del viento, esa sensación de que no escampará nunca, esa mano que va sembrando charcos, inundando vegas, olivares, incluso cerros. La lluvia, que venga. Para esta noche de fiesta, no quiero más serpentinas que las frías y lisas serpentinas de la lluvia, ese tenso cordaje del aguacero, fría gasa que envuelve el aire. Mirad el campo, ¿no da pena mirarlo, tan seco en invierno? Todo es, sí, porque casi todo es siempre en el campo, pero ¿cómo es? No se atreve la yerba, no se atreve la rama, no se atreven las raíces. Hay una cobardía general en las criaturas verdes, y con razón. El campo se crece con las lluvias, se viste de guerrero con las lluvias, con la armadura de las lluvias. Y con la sequía se debilita, se acobarda, se retira despacio, perdida la batalla de poderles a los soles duros que vendrán. Campanadas de agua, Señor, que suenen campanadas de lluvia. No doce, no unos segundos: que suene largo y lento ese sonido. Reloj de la noche, que se ahoguen las horas, las uvas, los papelillos, los disfraces, el cava... Que llueva, que suene la lluvia…

A.G.B

domingo, 29 de diciembre de 2013

Hasta ahora

Hasta ahora esta era la Tribu de antaño, donde me apetecía traer los artículos de Barbeito que me parecían de gusto de la mayoría de nosotros.

El de hoy, domingo en que se venden más Abecés, Antonio al que muchos seguimos apreciando a pesar de la fea manera con que nos dio portazo, protesta por las neonocheviejas --y perdónenme el palabro-- en que todo consiste en beber hasta la pota, hacer el indio con menos plumas que un pollo de supermercado y el ridículo insensato de los gorritos y los matasuegras.

Nos lo llevan diciendo las teles. Si no bebes champán, si no te atragantas con las uvas y no cumples rituales cada vez más rebuscados, no eres nadie. No estás en la pomada. Eres un bicho.

Como en mi casa prácticamente no celebro estas fiestas, me limito, nops limitamos, si estamos aún levantados a ponernos en una copa algo de sidra espumosa, darnos doce o más besos seguidos y luego unos sorbos deseándonos que el mundo, nuestro pequeño mundo, no vaya a peor en el año que entra.

Eso no quiere decir que olvidemos a la gente que queremos. Nos limitamos a expresar deseos, sin teléfonos, sin más medios que elevar al éter lo que pensamos. O sea, que cada año domine en nuestras casas, en nuestras familias y en nosotros mismos la serenidad y la aceptación.  

sábado, 21 de diciembre de 2013

La edad                                            21 de diciembre de 2013 a la(s) 9:18

                          LA TRIBU                                                   ANTONIO G. BARBEITO                  
                   
    Eran los viejos, sí. O eso decíamos. La canción de Jarcha lo decía así: “Dicen los viejos que en este país hubo una guerra, / y hay dos Españas que guardan aún / el rencor de viejas deudas…” Los viejos, siempre los viejos. Los jóvenes no queríamos desayunar democracia y tener que pagar la cena y la mala digestión de la guerra que algunos no terminaban de hacer en el estómago de su madurez. Los viejos, decíamos. Es verdad que había hombres que mostraban las heridas de la guerra –y no sólo heridas en sus carnes, también en el cuerpo de la humillación- como un vergonzoso tatuaje grabado a tinta de odio por el enemigo que de pronto les amaneció un día. Los viejos, eso decían. Y nosotros, los jóvenes que apurábamos la década de los veinte, no queríamos saber nada de viejas cuentas pendientes, sino que queríamos una plural convivencia, una España grande donde cupieran todas las ideas, siempre que las ideas vinieran desarmadas, no tuviesen querencia de armeros ni estuvieran dispuestas solamente a vivir una nueva edición del ayer. Los viejos, decían. Sí, era cierto, en muchos casos. Conocíamos a algunos viejos izquierdistas que tenían un fósforo en cada yema de sus dedos, dispuestos a quemar iglesias y santos, dispuestos a segar con hoces ya mohosas todo lo que significara sotana, corona, crucifijo, título, riqueza… Y conocíamos a viejos fascistas que cada vez que veían a un chaval con barbas o con ideas amplias, nobles o inteligentes, pensaban en paredones o en nocturnos paseos en camiones, seguros de que todo el mal de España estaba en la idea de libertad, cultura, convivencia de ideas…

                        Los viejos, sí. Eso pensábamos entonces. Y decíamos que aquello era un asunto generacional, que en cuanto murieran todos los que habían vivido la guerra o la posguerra los hubiera golpeado con su peor mano, España sería un país abierto, generoso, fraternal. No, no es así. Nos equivocamos. Como quien quema un cañaveral y ve salir, semanas más tarde, puntas de nuevas cañas, así hemos visto cómo salían -¿de qué enterrados rizomas?- nuevos extremistas de un lado y de otro. Pero no extremistas viejos, sino jóvenes de los que nunca pudimos pensar que acabarían así. Me asquean, sean del extremo que sean; me asquean si quieren resucitar a viejos dictadores para nuevos golpes de Estado, como si quieren resucitar incendiarios que acaben, como sea, con todo lo que les huela a derecha. Treinta años dicen que tiene el concejal de IU de Alcalá de Guadaira que ha dicho lo que ha dicho. Ahora que me digan que eso de ser un peligro extremo es cosa de los viejos…

A. García Barbeito

viernes, 20 de diciembre de 2013

CALDO

                                

 LA TRIBU             A.G. BARBEITO            20-XII-13                                


                        Si en la tribu hay un olor que va de la mano del sabor por los días de diciembre, es el llamado hojaldre, aunque sea lo menos parecido a un dulce de hojas. Es el olor que duerme despierto en los cajones y que acompaña, con tanta humildad como categoría, cualquier copa de licor de la Navidad. O solo. O con café. Está ahí, en la primera vez de la memoria de la repostería, cuasi como un Nacimiento de harina, manteca, azúcar anís… Pero si la Nochebuena de aquella memoria de la tribu, de mi memoria, ha de quedarse con algo en las manos, algo a orillas del paladar, esa noche no hay nada que le haga sombra al plato rey que humea desde entonces, como un amago de géiser, en la meseta de la mesa de la cena de Nochebuena: un buen caldo.

                        Las mujeres de la tribu buscaban pechugas de buenas gallinas, y también un muslo de pavo, una buena carne de ternera, un buen tocino, los avíos propios, y cuando los platos parecían mellizos lagos termales, nada podía competir con aquella gloria que se ponía una ramita de yerbabuena en el ojal líquido y se le picaban sopas y un huevo duro. Para la cena de Nochebuena, lo que quieran: frutas tropicales, frutos secos, vinos extraordinarios, un plato del mejor jamón, la mejor caña de lomo, el mejor marisco, la mejor carne, el mejor pescado, las ensaladas más espectaculares, los entremeses menos esperados… Cuando a la mesa llega un plato de caldo, llega un plato de caldo, y si es un puchero con todos sus avíos, ahí no hay quien gane el pulso. La Navidad, que irremediablemente es una memoria de ausencias, que se nos llena de ausentes, que nos entristece con nombres, voces, afectos, risas de ausentes, también en la mesa tiene su manera de recordarnos el tiempo que es. Nunca me amargaría una cena de Nochebuena que no tuviera jamón, marisco, un buen vino, los excesos propios; pero me la haría enormemente pobre, triste y huérfana de sabores una mesa en la que un plato de caldo de puchero -hoja de yerbabuena, huevo duro picado- no estuviera esperando a que mi impaciencia, a muerdisorbe, se llevara a la boca la cuchara como una pequeña y entrañable armónica líquida, sabrosísima, para que el caldo, como un río del recuerdo, me llevara a la lejana mesa donde estábamos los que éramos: mis padres, mis hermanos y yo, mucho antes de que de la calle fueran entrando los naturales vientos que desperdigan las familias. Un caldo. Un puchero, un hermoso puchero. El mismo puchero que asustaba al hambre y al frío y nos abrazaba por dentro. El mismo puchero que, aunque lo tomemos triste, sigue dejándonos el sabor más hermoso. De todo.

   A. García Barbeito

sábado, 7 de diciembre de 2013

Campanilleros

7 de diciembre de 2013 

LA TRIBU                                                ANTONIO GARCÍA BARBEITO

                       No jugabais a ser figuras de aquel Nacimiento viviente que era entonces la tribu, es que os sentíais pequeños pastores que iban de puerta en puerta, por varias calles, cantando coplas que se habían quedado colgadas de las ramas del aire heredado de diciembre. No, no era un juego, era un sentimiento, era saber que había que ser alguien en aquel paisaje donde no faltaba nada para ser un Nacimiento, el más hermoso, el mayor, el de más recursos naturales, y sobre todo, el más tuyo. Había molinos en el río, y mujeres que iban a lavar a las orillas. Había leñadores que volvían casi de noche de los pinares y parecía que acababan de incorporarse al paisaje del Nacimiento. Y había por las calles, de día, vendedores callejeros; y en los cuartos de costura, muchas costureras que cosían o trenzaban puntos de lana junto a los gatos de colores de las madejas; y había posada; y había, en la plaza, un hombre que asaba castañas y por la mañana freía masa de calentitos; y había hombres que volvían del campo con el carro o con las bestias, y en la tierra,el arado entraba como una mano de hierro seguro.
                       
Pero nada como aquellos chiquillos campanilleros. Sí, es verdad, algún carretero quizá os trajera una rama de madroño con madroños rojos y pintones; y olía la resina de la piña en algunos zaguanes; y olía a hornos en las calles; y cuasi se oía el paso del río; y había corrales con ropa tendida en los cordeles; y había cajas de madera con frutas y verduras en los zaguanes de los hortelanos;y pasaba el recovero con aquel escándalo de plumas enjauladas… Pero nada como los chiquillos campanilleros. Se sentían, en verdad, personajes reales de aquello que había ocurrido en Belén hacía cientos y cientos de años pero que–eso creían a pies juntillas- volvía a ocurrir, todos los años, en aquel sitio,en aquella tribu que todavía tenía murallas, y alminar, y palmeras, y tardes y noches hermosas, y caminos de chumberas y pitas, y casitas blancas, y chozas, y ese trajín de lo sencillo. Pero aquellos chiquillos eran el milagro, moqueando,de tanto frío, muertecitos de frío, heladas las manos, helados los pies, helada la carilla todavía sucia del último juego, frío el pelo, frías incluso las canciones de campanilleros, unas canciones que se llenaban de peces, de ríos,de ángeles, de pastores, de noche fría, de mulas, de una Virgen y un Niño… Tú sabes que era la verdad más grande que se acercaba a la Nochebuena. Ni lujos,ni comidas caras, ni ropa nueva, ni papel de brillo, ni luces… Aquellos chiquillos campanilleros eran la más clara y hermosa –y sonora- Estrella de Oriente…

sábado, 30 de noviembre de 2013

Indecisión

29 de noviembre de 2013 
LA TRIBU                                 ANTONIO G. BARBEITO                                  

                        Decías que, cuando el tiempo estaba de agua, del humo de una candela de ramón caía un chaparrón. Y cuando no está, no está. La yerba crece con miedo de morir helada en su primer paseo adolescente, y las nubes, cuando pasan, aunque lleven dentro un sonido de agua –cascabel de cristal en el cuello del aire-, no saben qué hacer, si copiar cien veces la palabra lluvia en el folio de la tierra o pasar de largo. O, como tú decías, Cangui, “sonar sobre el tablero de la tierra como los pasos de una torpe aprendiz de danza.” Así andaba el otro día, cuando la vi venir, cuasi sin venir a cuento, sonsacando a un sol que sesteaba en la falda de la sierra.

                        Ayer, cuando la tarde tenía frías las manos y la dama de noche temía que el frío le helara el olor que enloquece los arriates y las tapias por las que asoma, la lluvia estaba escrita en el aire, en el color de las nubes, en el viento que venía de la panza de los osos polares. Pero la lluvia, a la hora en que escribo esto, es una indecisión de escolar que pone empeño en escribir su nombre y no distingue entre mayúsculas y minúsculas, no domina la regla de la be y de la uve, no se atreve a colocar la hache ahí, porque no sabe si será delante, detrás o entre dos vocales… La lluvia que no ha hecho un campamento otoñal por septiembre y octubre, llega a noviembre y difícilmente sabe llegar: o llama sin fuerzas en el aldabón o pega la patada en la puerta y lo trastorna todo. El “cierne-cierne” que decía él, cuando la lluvia llegaba tras pasar los coladores. Como si hubiera pasado por el molino donde dejaba hechos harina los granos, como si la lluvia hubiese caído, en un descuido, a la tolva de las negras aceitunas que sacrificaban las piedras de la almazara… “Esta lluvia no sabe andar”, le oíste una vez a un pastor. Hay lluvias torpes, es cierto; hay lluvias que tardan mucho en aprender la canción de la lluvia, hay lluvias que mueren sin haber sido lluvia como Dios manda, como hay soles sietemesinos que llegan a la noche y no aprenden a calentar el día. Cuando está de llover, el humo de una candela descarga para encharcar la tierra, y cuando no lo está, aunque Dios escriba con rayos, no llueve. La lluvia ahora mataría el frío que se da a la siega en las bocacalles. Pero la lluvia, esta lluvia que amaga, no sabe andar, torpe aprendiz del baile del agua. La lluvia que sabe, que está segura, sale descalza y taconea, mueve sus brazos líquidos como un árbol vivo, como un arrebato de llamas que se disputaran un reino de formas. Pero esta torpe lluvia, torpe incluso para ser aprendiz de rocío…

A. García Barbeito

jueves, 28 de noviembre de 2013

Pueblos

28 de noviembre de 2013 a la(s) 9:47
LA TRIBU                                                 ANTONIO GARCIA BARBEITO

                        Por lo común, hay que ir a buscarlos a la sierra, como si fueran el refugio de un bandolero. Hay que anotar su nombre, porque habrá que preguntar por ellos en cualquier venta, en cualquier casa de campo aislada, a cualquier pastor que vaya por el camino. Hay que anotar su nombre, como si buscáramos, por su nombre botánico, una seta rara o un árbol escaso. Y una vez que anotamos esos nombres, si queremos decirlos, tenemos que volver a leerlos, porque nos cuesta trabajo hacernos a esos sonidos que nunca fueron nuestros en la letanía rural de las comarcas: Igualeja, Pujerra, Cartajima, Parauta…

                        Va yéndose noviembre por los hombros de la sierra donde los azules se hacen grises, o al contrario, que nunca se sabe, en ese capricho de la luz, dónde está lo cierto. Tiene la tierra un sonido de agua escondida que canta en el aire que sube y baja por todo este paisaje de lomos de dromedarios echados. Se le oye a la tierra el pulso al andarla, y es pulso de manantial y de historia. Y de leyenda, que aquí la leyenda cuadra más, por más ciertas que algunas historias sean. Yo no sé si por aquí –cerca de Pujerra- nació Wamba y aquí vinieron a ungirlo como rey. No lo sé, pero qué hermoso es pensarlo, mientras vemos el enorme y quieto oleaje del cobre del castañar. Yo no sé qué es, en verdad, cierto en todos estos sitios, pero cabe una leyenda en la gruta que en Igualeja le abre las puertas al Genal y empieza a enseñarlo a andar como río. Qué hermosura de transparentes aguas –qué cuadro siempre pintándose- que suenan como una historia que nunca dejara de contarse, que se interrumpiera solamente con un contralto de borbotones en el Nacimiento, cuando el temporal llena el vientre de la sierra y el agua no cabe y revientan los veneros, o así lo creen. Castañas, nueces, almendras, pan, agua, aceite… Tienen estos pueblos una despensa en el alma, una despensa que se vuelca, generosa, ofrecida a quienes llegan a vivirlos, a verlos, a admirarlos. Qué paisaje de cobrizas ondulaciones que juega con el sol a un extraño coqueteo de hojas y luces, allí donde el castañar es una diosa vestida con un manto bellamente oxidado… Pueblos de la Serranía de Ronda, silencio y campo, serenas horas de relojes sin manillas por los que el tiempo anda con una indiferencia tal que, si no fuera por las luces, no distinguiría la siesta de la madrugada… Pueblos que alguien empezó a amontonar allí como una nevada y los dejó para que fueran haciéndose carne de la sierra con sangre de hombres. Y de agua. Y de pan. Y de castañas. Hermosos borbotones de vida que hay que ir a buscar sierra adentro…

( Fotografía del autor, A.G.B. Álora. Serranía de Ronda  )


  A. García Barbeito

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Bolsos y globos

27 de noviembre de 2013 

LA TRIBU                                                      ANTONIO GARCIA BARBEITO

                       Como en algunas celebraciones, al final todo se queda en pólvora, en banderitas, en carteles. Un Día de Andalucía, en los primeros años de su celebración, un paisano decía, mientras iba por la cuarta cerveza y había apurado el segundo plato de gambas y el primero de caldereta, “Oye, ¿sabes tú que yo no me creía lo bien que iba a estar esto de Andalucía?” Y se había colocado su banderita andaluza, con lo que él era para esas cosas, y se hubiera puesto lo que le hubiesen dado, porque era feliz celebrando el Día de Andalucía de aquella manera tan cervecera, tan gambera y, sobre todo, tan barata: llevaba dos horas bebiendo y comiendo, escuchando una y otra vez el himno andaluz y, de cuando en cuando, el cante de alguien que subía al escenario, y encima no se debía nada en el mostrador del mediodía del 28 de Febrero. Seguro que aquel paisano, cuando llegó a su casa, le contaría a su familia que eso de la Autonomía era un buen invento, que eso de la Autonomía traía cuenta, porque se trataba de muchas banderitas, un día muy festivo, donde corría la cerveza y volaban los platos de comida, había cante y, aunque apenas si lo oyó, el discurso de dos o tres que él no tenía muy claro quiénes eran. Lo único que él sabía era que la Autonomía era muy partidaria de darle a todo el mundo cerveza y tapas gratis, y de regalarle muchas cosas, que llena llevaba la bolsa que le dieron: una gorra con los colores verde, blanco y verde, como los dos o tres bolígrafos, y un par de libretas, y cuatro o cinco pegatinas, y dos o tres llaveros, y…

                        Eso mismo que el paisano creía del 28-F es, más o menos, lo que algunos creen que es un sindicato: una máquina de regalar propaganda, bolsos, llaveros, gorras,banderas, globos o pitos. Y lo malo no es que lo crean quienes son ajenos al movimiento sindical, lo malo es que eso es lo que creen muchos de los que están dentro: que el sindicato existe para darles gusto a ellos. Setecientos maletines –fabricados en Asia, por encargo del sindicato ugetista, porque ya saben que los asiáticos son los que más respetan los derechos de los trabajadores, ¿o no es así y yo estoy equivocado?- para un congreso en Sevilla,y en Madrid, la “globalización”: miles de euros en globos. Visto lo visto y oído lo oído, uno puede entender lo del maletín, pero lo de los globos… ¿esas son las armas sindicales para defender a los trabajadores, tres mil globos a noventa y dos céntimos el globo? ¡Coño, más barato salen los aerostáticos de González Green! Era para juntar en la misma fiesta al paisano del 28-F y a los del congreso sindical.

martes, 23 de abril de 2013

¿Para cuando un río lleno de turistas?



 

    Río                             AGBarbeito               23 abril 2013               La TRIBU



                         Un romántico y nostálgico ataque de Cruz de Mayo llevó a algunas personas a recuperarlas, cuando la feria ya mandaba con su escuadrón de casetas y la gente estaba hecha al ruido de los altavoces de los coches locos, el látigo y no sé cuántos cacharros más, ese horror que se adosa a las ferias locales y que, recién llegado a la incipiente feria, allá por los principios de los setenta, ocasionó que alguien, en algo parecido a una crónica ferial, escribiera:“Atracciones. Coches locos, aunque menos locos que los vecinos que tienen que aguantar la gramola.” La idea de recuperar las Cruces de Mayo fue tan hermosa como fuera de lugar, y si bien la novelería llevó a muchos vecinos al lugar, al año siguiente nadie dio un duro por mantener la recuperación crucera de mayo. A veces nos empeñamos en volver a viejas costumbres, a edificaciones como las de hace dos siglos, en darle a nuestro entorno un aire decadente, quizá porque nuestra memoria se duele y tiende a sublimar el ayer, sin tener en cuenta a cuánto tendría que renunciar hoy, si volviéramos a los viejos tiempos. Esos retratos quedan bien –si se hacen bien- en las artes, pero por muy bonito que quede un búcaro sobre un plato en la esquina del mostrador de un bar, díganme quién lo cambia por un vaso de agua helada del grifo mellizo del de la cerveza. Y, además, quién se atrevería hoy a beber de un búcaro del que beben todos. Y como el búcaro, tantas otras cosas. Si tuviésemos que viajar hoy en los autobuses de línea de hace escasamente treinta años, sin aire acondicionado, íbamos andando a todas partes; y por muy románticos que nos parezcan en las fotos los corrales de vecinos, dígale usted a cualquiera que hubiese vivido en ellos si estaría dispuesto a volver allí y cambiar su piso con cuarto de baño,agua corriente y electrodomésticos, por un retrete comunitario, un pozo comunitario y luz cuando Dios quería, majando a pulso el gazpacho y enfriando el vino en el cubo del pozo.

                        Veo en unas fotografías del ABC dos cruceros atracados en el Muelle de las Delicias, y me acuerdo de los versos de Lope. Las velas blancas del río coronillas verdes son hoy un muelle de hormigón y un bicharraco que mide veintitrés metros de manga y ciento ochenta de largo, y dentro lleva una barriada: trescientos setenta pasajeros y doscientos sesenta y cinco tripulantes. No pondríamos en nuestro salón un cuadro con esos cruceros, y pondríamos uno romántico con las velas blancas y las orillas verdes. Pero el río, que, con permiso de Heráclito, es el mismo, sigue pareciendo bien, hoy como ayer.


lunes, 22 de abril de 2013

Tristeza y vergüenza

Ni muertos      AGBarbeito     22 abril 2013   LA TRIBU


                        Tú no lo podrás entender, nunca, como no lo entiende nadie que tenga la mínima noción de respeto, de sensibilidad, de caridad. Tú no lo puedes entender,porque si, como escribe Antonio Machado, “un golpe de ataúd en tierra / es algo perfectamente serio”, el paso de un entierro, camino de la iglesia o del cementerio, es para ti más serio que la muerte misma, porque heredaste de la gente de tu tribu el respeto que imponía una comitiva fúnebre. Ni una palabra,ni un movimiento que pudiera producir ruido. Pasaba el entierro, con cincuenta personas o con medio pueblo siguiéndolo, y se paraba todo a su paso; el campesino que iba a lo suyo, a lomos de su burra, se destocaba y aun se santiguaba; la mujer que estaba a la puerta de su casa se quitaba de la vista,aunque mirara el paso del gentío tras los visillos de alguna ventana; los niños que jugaban, dejaban de jugar y ninguno decía ni media palabra; a la puerta delos casinos, los hombres, si estaban sentados, se levantaban y, respetuosos, se quitaban el sombrero o se unían a los acompañantes. Hasta los animales, al ver tanto silencio, parecían guardar respeto. Por eso, tú nunca entenderás que ante la muerte de alguien haya personas capaces de perder la compostura, soltar risas, gritar, incluso, como has leído, estorbar el paso de un cadáver que viene dentro de un ataúd en brazos de los suyos, para llevarlo al coche fúnebre.

                        Lo leíste aquí ayer, en una información de Amalia F. Lérida, y te costó creerlo.Lo leíste hasta cuatro veces, porque no entendías, no puedes entender, que haya jóvenes tan golfos, tan desalmados, tan irrespetuosos, tan canallas, como para impedir el paso de unas personas que llevan el cadáver de su padre. Estaban de botellona, pero me da igual. Tú recuerdas que hasta los borrachos, si coincidía su borrachera con un entierro, sabían comportarse. Lo que no puedes entender es que entre una multitud bebida haya tipejos de tan mala calaña como para estorbar el paso de una comitiva fúnebre. Y cuando avisan a la Policía, ésta llega y permite el paso, pero ahí queda todo, porque, todo hay que decirlo, lo políticamente correcto impide otras actuaciones que resolverían de raíz el problema. ¿Qué puede tener dentro un insensato que se mofa de un entierro y aun se lía a patadas con el coche fúnebre que transporta un ataúd con un cadáver? ¿Qué sociedad de libertades es ésta, que permite que los vándalos campen por sus desmanes, incluso rebosantes de chulería, si alguien les llama la atención?Una pobre sociedad que permite que haya gente que no nos deja en paz ni muertos. Qué triste.

    A. García Barbeito

domingo, 21 de abril de 2013

Requiebro en décimas

Belleza          AGBarbeito    21 abril    2013     LATRIBU    


          Y no estaba su nombre en los carteles-¿por qué?, ni su reseña en el programa de mano, ni en la puerta de cuadrillas su paso preparando el paseíllo, ni la vistió de luces un ropero. ¿Por qué nadie avisó, nadie nos dijo que ella vendría para encelar luces? La blusa blanca, qué vela de seda allí por donde el río pide viento suave con un sueño en Bajo Guía…La blusa blanca, qué veleros altos orienta a una bahía donde aguardan mil ojos que se embeben en las velas, como sueñan los diestros de esta tarde que se embeban los toros en sus cites… Y el pelo, pelo negro, suelto, al aire, qué latigazo amaga y no nos suelta, qué primavera oscura le florece en olores de piel y de perfume… La blusa blanca llega hasta el tendido como el pase perfecto que relía miradas, las envuelve, las espanta… Y la falda, que vuela en sus andares como una pleitesía a media pierna. Negra la falda, como si quisiera echarle penitencia de cortinas al teatro total de sus andares, aunque eso no es andar,es escribirle seguidillas al suelo. Y la mirada. Se ha quitado las gafas –¡qué blasfemia de cristales oscuros en sus ojos!- y parece un eclipse el sol de hoy. Mirada indiferente que condena a cadena perpetua cuando mira; mirada que se lleva como quiere a todo el que la mira y se recrea en la absoluta estampa de belleza que ha bajado de nadie sabe dónde, para dejar la tarde contenida en el tercio total de su presencia. ¿Qué importan ya percales, banderillas, puyazos, arrimones, la franela que se moja los bajos y se pone un andamio de espada para el cite? ¿Qué importan ya verónicas, si ella contiene una faena –la más larga,la más completa, la más delicada- si se levanta, coge el abanico y sonríe…? Por Dios, no te sonrías, muchacha -¿de qué edad?- que nos fusilas con ese pelotón uniformado de nácar de azahar recién nacido…

          Ni su nombre en los carteles, 
ni en programa su reseña, 
pero su estampa abrileña 
es de perder los papeles 
y con tinta de claveles 
contar desde donde empieza 
a enloquecer la belleza 
en cuajo de esa mujer, 
y al final, reconocer 
que se sale de la pieza. 
¿Qué importan ya las faenas 
a la altura de la tarde, 
si hay un triunfo que arde 
-al mirarla- por las venas? 
Ni capotes, ni franelas 
pueden competir en vuelo 
con la verónica en celo 
del aire de esa mujer. 
Si se va, el atardecer 
tendrá oscuridad de duelo. 
La corrida, sin historia. 
No por la tarde, por ella, 
que solamente su huella 
nos ocupó la memoria 
y nos mareó en la noria 
que va de su pie a su pelo. 
Ponte, tarde, un negro velo 
y guárdale en el tendido un sitio 
–el más escogido-, a ver si vuelve ese cielo…


 A. García Barbeito

sábado, 20 de abril de 2013

LA TRIBU                      "Sangre"            20-IV-13               

                        Suena por dentro, ríos interiores, calientes ríos que bombean vida. Viene brava en la cara de los toros, y más allá del miedo, en los espadas. Bravura y valentía juegan bazas –as de espadas, un dos del mismo palo- en tapete de oro alcalareño. La sangre se asegura su concurso, cuando la tarde chilla por el cobre. Segura asomará cuando la puya clave en el sitio justo su peonza, y empeñado en el peto, con codicia, el animal repita y se agigante por dentro,donde empuja el buen encaste. Y volverá la sangre cuando lleguen –jugando a bailaor- los rehileteros. Y volverá al final, cuando la espada labre un pozo artesiano en las entrañas. Hacia el desolladero, en el arrastre, el toro dejará su última huella de sangre ya sin curso, casi en cuajo, antes de que en un patio los cuchillos trabajen con oficio y solo dejen algunos charcos secos donde amara esa sed despiadada de las moscas. La sangre está prevista en cada tarde que la bravura sale a segar soles. Y aunque no esté segura, la otra sangre, la que sale a retar, a dejar firmes los pies sobre la arena, convencida de que será posible la victoria con un juego de manos y de telas, también asoma a veces, y es entonces cuando el arte le paga su tributo a este juego de vida donde nunca faltan avisos de mortal derrote.


                        No están los hules por estar, ni afila el bisturí por gusto su cuchilla; ni aguarda por capricho el cloroformo, ni por estar están los cirujanos con las manos dispuestas para el guante; para la mascarilla, la encerrada respiración nasal y de la boca, allí donde el sudor hallará sitio, con entrada de oficio.Sangre, sangre… El rojo que es normal en la muleta, rojo textil de plancha,desmayado; y el rojo de la flor con que se adorna la flamenca la cima del peinado; pero el rojo que sale de una herida que ha causado el acierto de esafaca que no distingue el aire de la carne; ese rojo es el miedo que penetra donde duermen insomnes los arroyos por donde el hombre siente que está vivo,ese rojo es espejo de los fríos aceros del quirófano y la sala donde las manos entran en la herida a buscar lo profundo de lo grave, que a la herida se van igual que entran a buscar un pañuelo en el bolsillo. Está la sangre, sí, está la sangre cuando una mano pega los carteles; y puede estar si el toro ve,descubre, y confunde el engaño con un muslo. Y entonces, los que hablan de tortura no consienten hablar de que es un hombre el que puede quedarse bocarriba,eternamente bajo su epitafio. Mirad la sangre del torero herido: en ella está,sin trampas, la grandeza de esta fiesta mortal, única, enorme.

   A. García Barbeito

viernes, 19 de abril de 2013

Estrenamos casa

Corría el año 2009... ¿o era el 2008? Qué más da. Me he puesto a darle a manivela marcha atrás y no sé cuándo, ni tampoco importa, cuándo descubrí la Tribu.

Sé que era en 'er Abesé de Sevilla' y con la firma amiga de Barbeito no pude menos que asomarme. Escribí alguna entrada, pero como no tenía costumbre pasó el tiempo y tardé en escribir una segunda. No sé si fue esta segunda o la tercera vez la que me enganchó.

Hasta hoy. La Tribu ha ido cambiando de huéspedes, unos entraban, otros salían, pero estaban --estábamos-- los que de una forma más o menos constante nos hicimos fijos. 'Fijos discontínuos', si lo prefieren.

La Tribu también ha ido cambiando. Con la tarea --una entre tantas-- de Barbeito de mantenerla viva. A veces nos ha parecido que dejaba de furular para siempre. 'No digas nunca "nunca jamás".

Desde hoy, voy a colgar cada día aquí su columna del ABC. Si esto marcha, podemos comentar aquí, o bien lo que él diga ese día o lo que buenamente se nos ocurra a cada uno. 

Esta, que sería una Tribu pequeñita, como hija de la otra
No voy a nombrar a nadie. No quiero olvidarme de nadie. Pero a partir de ahora, con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, que rezan los carteles de toros, tendremos un lugar de encuentro. 


Si ustedes así lo quieren. Claro.

Nos vemos. Nos leemos. Nos queremos.