Pueblos
LA TRIBU ANTONIO GARCIA BARBEITO
Por lo común, hay que ir a buscarlos a la sierra, como si fueran el refugio de un bandolero. Hay que anotar su nombre, porque habrá que preguntar por ellos en cualquier venta, en cualquier casa de campo aislada, a cualquier pastor que vaya por el camino. Hay que anotar su nombre, como si buscáramos, por su nombre botánico, una seta rara o un árbol escaso. Y una vez que anotamos esos nombres, si queremos decirlos, tenemos que volver a leerlos, porque nos cuesta trabajo hacernos a esos sonidos que nunca fueron nuestros en la letanía rural de las comarcas: Igualeja, Pujerra, Cartajima, Parauta…
Va yéndose noviembre por los hombros de la sierra donde los azules se hacen grises, o al contrario, que nunca se sabe, en ese capricho de la luz, dónde está lo cierto. Tiene la tierra un sonido de agua escondida que canta en el aire que sube y baja por todo este paisaje de lomos de dromedarios echados. Se le oye a la tierra el pulso al andarla, y es pulso de manantial y de historia. Y de leyenda, que aquí la leyenda cuadra más, por más ciertas que algunas historias sean. Yo no sé si por aquí –cerca de Pujerra- nació Wamba y aquí vinieron a ungirlo como rey. No lo sé, pero qué hermoso es pensarlo, mientras vemos el enorme y quieto oleaje del cobre del castañar. Yo no sé qué es, en verdad, cierto en todos estos sitios, pero cabe una leyenda en la gruta que en Igualeja le abre las puertas al Genal y empieza a enseñarlo a andar como río. Qué hermosura de transparentes aguas –qué cuadro siempre pintándose- que suenan como una historia que nunca dejara de contarse, que se interrumpiera solamente con un contralto de borbotones en el Nacimiento, cuando el temporal llena el vientre de la sierra y el agua no cabe y revientan los veneros, o así lo creen. Castañas, nueces, almendras, pan, agua, aceite… Tienen estos pueblos una despensa en el alma, una despensa que se vuelca, generosa, ofrecida a quienes llegan a vivirlos, a verlos, a admirarlos. Qué paisaje de cobrizas ondulaciones que juega con el sol a un extraño coqueteo de hojas y luces, allí donde el castañar es una diosa vestida con un manto bellamente oxidado… Pueblos de la Serranía de Ronda, silencio y campo, serenas horas de relojes sin manillas por los que el tiempo anda con una indiferencia tal que, si no fuera por las luces, no distinguiría la siesta de la madrugada… Pueblos que alguien empezó a amontonar allí como una nevada y los dejó para que fueran haciéndose carne de la sierra con sangre de hombres. Y de agua. Y de pan. Y de castañas. Hermosos borbotones de vida que hay que ir a buscar sierra adentro…
( Fotografía del autor, A.G.B. Álora. Serranía de Ronda )
A. García Barbeito

Por lo común, hay que ir a buscarlos a la sierra, como si fueran el refugio de un bandolero. Hay que anotar su nombre, porque habrá que preguntar por ellos en cualquier venta, en cualquier casa de campo aislada, a cualquier pastor que vaya por el camino. Hay que anotar su nombre, como si buscáramos, por su nombre botánico, una seta rara o un árbol escaso. Y una vez que anotamos esos nombres, si queremos decirlos, tenemos que volver a leerlos, porque nos cuesta trabajo hacernos a esos sonidos que nunca fueron nuestros en la letanía rural de las comarcas: Igualeja, Pujerra, Cartajima, Parauta…
Va yéndose noviembre por los hombros de la sierra donde los azules se hacen grises, o al contrario, que nunca se sabe, en ese capricho de la luz, dónde está lo cierto. Tiene la tierra un sonido de agua escondida que canta en el aire que sube y baja por todo este paisaje de lomos de dromedarios echados. Se le oye a la tierra el pulso al andarla, y es pulso de manantial y de historia. Y de leyenda, que aquí la leyenda cuadra más, por más ciertas que algunas historias sean. Yo no sé si por aquí –cerca de Pujerra- nació Wamba y aquí vinieron a ungirlo como rey. No lo sé, pero qué hermoso es pensarlo, mientras vemos el enorme y quieto oleaje del cobre del castañar. Yo no sé qué es, en verdad, cierto en todos estos sitios, pero cabe una leyenda en la gruta que en Igualeja le abre las puertas al Genal y empieza a enseñarlo a andar como río. Qué hermosura de transparentes aguas –qué cuadro siempre pintándose- que suenan como una historia que nunca dejara de contarse, que se interrumpiera solamente con un contralto de borbotones en el Nacimiento, cuando el temporal llena el vientre de la sierra y el agua no cabe y revientan los veneros, o así lo creen. Castañas, nueces, almendras, pan, agua, aceite… Tienen estos pueblos una despensa en el alma, una despensa que se vuelca, generosa, ofrecida a quienes llegan a vivirlos, a verlos, a admirarlos. Qué paisaje de cobrizas ondulaciones que juega con el sol a un extraño coqueteo de hojas y luces, allí donde el castañar es una diosa vestida con un manto bellamente oxidado… Pueblos de la Serranía de Ronda, silencio y campo, serenas horas de relojes sin manillas por los que el tiempo anda con una indiferencia tal que, si no fuera por las luces, no distinguiría la siesta de la madrugada… Pueblos que alguien empezó a amontonar allí como una nevada y los dejó para que fueran haciéndose carne de la sierra con sangre de hombres. Y de agua. Y de pan. Y de castañas. Hermosos borbotones de vida que hay que ir a buscar sierra adentro…
( Fotografía del autor, A.G.B. Álora. Serranía de Ronda )
A. García Barbeito

Preciosa, aunque endiablada, esa carretera a junto a la que se destacan esos pueblos que nombra Bbto y que baja desde Ronda hasta el mar.
ResponderEliminarPreciosa la columna. Con sabor a pueblo y a pan cocido con leña.
Preciosa la serranía. Es d esos sitios donde todavía se respira pueblo y el compás del tiempo pasa de otra manera.
ResponderEliminarLa carretera, para los que nos mareamos, es un poco malilla(siendo generosa) pero merece la pena el paseo. Nosotros vimos hasta un zorro(animal) tumbadito al sol.
Bsitosss
Muy buenas, Tribu
ResponderEliminarUn placer estar de nuevo con vosotros ahora por estos lares ..
¿Nueva etapa? Ójala. Segundas partes no, segunda fase, que no puede ser menos buena que la primera.
ResponderEliminar