Indecisión
29 de noviembre de 2013
LA TRIBU ANTONIO G. BARBEITO
Decías que, cuando el tiempo estaba de agua, del humo de una candela de ramón caía un chaparrón. Y cuando no está, no está. La yerba crece con miedo de morir helada en su primer paseo adolescente, y las nubes, cuando pasan, aunque lleven dentro un sonido de agua –cascabel de cristal en el cuello del aire-, no saben qué hacer, si copiar cien veces la palabra lluvia en el folio de la tierra o pasar de largo. O, como tú decías, Cangui, “sonar sobre el tablero de la tierra como los pasos de una torpe aprendiz de danza.” Así andaba el otro día, cuando la vi venir, cuasi sin venir a cuento, sonsacando a un sol que sesteaba en la falda de la sierra.
Ayer, cuando la tarde tenía frías las manos y la dama de noche temía que el frío le helara el olor que enloquece los arriates y las tapias por las que asoma, la lluvia estaba escrita en el aire, en el color de las nubes, en el viento que venía de la panza de los osos polares. Pero la lluvia, a la hora en que escribo esto, es una indecisión de escolar que pone empeño en escribir su nombre y no distingue entre mayúsculas y minúsculas, no domina la regla de la be y de la uve, no se atreve a colocar la hache ahí, porque no sabe si será delante, detrás o entre dos vocales… La lluvia que no ha hecho un campamento otoñal por septiembre y octubre, llega a noviembre y difícilmente sabe llegar: o llama sin fuerzas en el aldabón o pega la patada en la puerta y lo trastorna todo. El “cierne-cierne” que decía él, cuando la lluvia llegaba tras pasar los coladores. Como si hubiera pasado por el molino donde dejaba hechos harina los granos, como si la lluvia hubiese caído, en un descuido, a la tolva de las negras aceitunas que sacrificaban las piedras de la almazara… “Esta lluvia no sabe andar”, le oíste una vez a un pastor. Hay lluvias torpes, es cierto; hay lluvias que tardan mucho en aprender la canción de la lluvia, hay lluvias que mueren sin haber sido lluvia como Dios manda, como hay soles sietemesinos que llegan a la noche y no aprenden a calentar el día. Cuando está de llover, el humo de una candela descarga para encharcar la tierra, y cuando no lo está, aunque Dios escriba con rayos, no llueve. La lluvia ahora mataría el frío que se da a la siega en las bocacalles. Pero la lluvia, esta lluvia que amaga, no sabe andar, torpe aprendiz del baile del agua. La lluvia que sabe, que está segura, sale descalza y taconea, mueve sus brazos líquidos como un árbol vivo, como un arrebato de llamas que se disputaran un reino de formas. Pero esta torpe lluvia, torpe incluso para ser aprendiz de rocío…
A. García Barbeito

Decías que, cuando el tiempo estaba de agua, del humo de una candela de ramón caía un chaparrón. Y cuando no está, no está. La yerba crece con miedo de morir helada en su primer paseo adolescente, y las nubes, cuando pasan, aunque lleven dentro un sonido de agua –cascabel de cristal en el cuello del aire-, no saben qué hacer, si copiar cien veces la palabra lluvia en el folio de la tierra o pasar de largo. O, como tú decías, Cangui, “sonar sobre el tablero de la tierra como los pasos de una torpe aprendiz de danza.” Así andaba el otro día, cuando la vi venir, cuasi sin venir a cuento, sonsacando a un sol que sesteaba en la falda de la sierra.
Ayer, cuando la tarde tenía frías las manos y la dama de noche temía que el frío le helara el olor que enloquece los arriates y las tapias por las que asoma, la lluvia estaba escrita en el aire, en el color de las nubes, en el viento que venía de la panza de los osos polares. Pero la lluvia, a la hora en que escribo esto, es una indecisión de escolar que pone empeño en escribir su nombre y no distingue entre mayúsculas y minúsculas, no domina la regla de la be y de la uve, no se atreve a colocar la hache ahí, porque no sabe si será delante, detrás o entre dos vocales… La lluvia que no ha hecho un campamento otoñal por septiembre y octubre, llega a noviembre y difícilmente sabe llegar: o llama sin fuerzas en el aldabón o pega la patada en la puerta y lo trastorna todo. El “cierne-cierne” que decía él, cuando la lluvia llegaba tras pasar los coladores. Como si hubiera pasado por el molino donde dejaba hechos harina los granos, como si la lluvia hubiese caído, en un descuido, a la tolva de las negras aceitunas que sacrificaban las piedras de la almazara… “Esta lluvia no sabe andar”, le oíste una vez a un pastor. Hay lluvias torpes, es cierto; hay lluvias que tardan mucho en aprender la canción de la lluvia, hay lluvias que mueren sin haber sido lluvia como Dios manda, como hay soles sietemesinos que llegan a la noche y no aprenden a calentar el día. Cuando está de llover, el humo de una candela descarga para encharcar la tierra, y cuando no lo está, aunque Dios escriba con rayos, no llueve. La lluvia ahora mataría el frío que se da a la siega en las bocacalles. Pero la lluvia, esta lluvia que amaga, no sabe andar, torpe aprendiz del baile del agua. La lluvia que sabe, que está segura, sale descalza y taconea, mueve sus brazos líquidos como un árbol vivo, como un arrebato de llamas que se disputaran un reino de formas. Pero esta torpe lluvia, torpe incluso para ser aprendiz de rocío…
A. García Barbeito

Hermosa columna sobre uno de los temas preferidos de Barbeito: la lluvia. El agua como origen de todo cuanto existe.
ResponderEliminarTal vez desde la ciudad, que se hace más incómoda con la lluvia, no se tiene la misma perspectiva. Pero en el campo, la lluvia es como una mano invisible que todo lo reverdece, todo lo limpia y todo reluce.
Saludos.
Por Extremadura se está haciendo de rogar el agua este año. Y las intensas heladas están marchitando el poco verde que había.
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