LA TRIBU ANTONIO G. BARBEITO
Parte de la memoria empieza a descalicharse, cuando un día te enteras de que tal tienda de tu infancia ha cerrado para siempre. Yo recuerdo haber pasado de chaval por la puerta de una casatienda que había cerrado, y tuve la misma impresión que si hubiese pasado junto a la tumba de alguien conocido. El portazo de una tienda, de un bar, de una panadería, de una ferretería de toda tu vida, tiene algo de nicho, de tumba. Recuerdo cuando cerraron la tienda de Catalina, en cuyo mostrador estaba la espera de muchas noches de mi infancia y mi adolescencia, y por más que yo entraba en la casa y compartía palabras y risas con ellos, nunca fue lo mismo. No estaba la tienda,y la tienda –lo dijimos una noche mientras hablábamos- era mucho más que unos cajones llenos de garbanzos, chícharos, lentejas; una estantería con mil artículos, desde los botecitos de tintes Iberia a las bobinas de Ancora; un rincón ferretería y espartería; otro lateral con alpargatas y, en verano,sombreros de palma, cerca de donde cortaban el bacalao… No, la tienda no era un buen surtido de quesos en su fanal de cristal y jamones colgados oliendo a gloria inalcanzable, la tienda tenía vida, latía allí, entre las cuatro paredes, era cuasi una persona.
He leído aquí, en este periódico, que el El Horno de San Buenaventura está apuntado a la desaparición, al cerrojazo. No sé si vendrá alguien, a última hora, en plan Séptimo de Caballería, a salvarlo del cerco de los indios de la crisis, de las flechas de las deudas, que dentro de las carrozas del miedo hay más de doscientos puestos de trabajo que esperan una solución. Ojalá oigamos una lejana corneta, una lejana y larga polvareda, y que salven al Horno de San Buenaventura, aunque la suspensión de pago ya le ha echado la mala buenaventura del posible cierre. Una tarde allá por mis veintitantos años le llevé a mi madre unos bollos de leche del Horno, y mi madre miró, cogió y tocó el papel con su característico dibujo, como si tocara su propia infancia: “En un papel como este traía mi padre de Sevilla los bollitos de leche, cuando yo era una niña…” Papel de fondo amarillo con una pandereta con madroñera con la Giralda y las azucenas, y la bandera de España como una cinta. No, San Buenaventura no es solamente un horno, es una referencia sevillana que está en la memoria de todos, un símbolo que sabe a pan, a pasteles, a charcutería, a los mejores desayunos,a clásico velador de mañana o tarde. Un símbolo, desde el siglo XIV. Si cierra el Horno, a Sevilla se le mueren seis o siete siglos de su mejor olor.
Es la primera parte del artículo la que me ha llegado a los adentros, como lo hará a muchos de los que ya no cumplimos otra vez los sesenta. Ay, aquellas tiendas que tenían un poco de todo, pero más que nada un olor que se nos grabó en la memoria.
ResponderEliminarTambién todo aquel que ha pasado alguna vez por el "Horno" sevillano sentirá algo de nostalgia.
Esas tiendas con un poco de todo, todavía 'viven' en algunos pueblos.
ResponderEliminar